Está bien, no pasa nada, es lo que se suele decir. En el fondo no importa porque es tan simple, tan simple… Ya da igual, me lo inventé, ni siquiera me interesa. A ti tampoco, ¿y eso me hace gracia? Creo que voy a reír. Es mejor, es primavera, y finges que no me entiendes, pero me entiendes… Es fácil hasta para ti. Me da vergüenza. Me da pena porque sólo intentaba seguir, sólo salir, sólo vivir. No puedo escucharte y eso es tan triste, tan triste… Todo es mentira y es simple, como aquella promesa. ¿Que si me da miedo? Creo que ya están ahí. Recuérdame que es muy sencillo y está bien, sé que está bien… Y si no, me da igual porque, total, un quebradero menos de cabeza. El tiempo pasa y parece tan fácil, sólo consiste en ser feliz. Me da un poco de miedo, en realidad, todo este viaje, maldito viaje… La vereda es cada vez más estrecha. Está bien, no pasa nada, estamos aquí. Pero es que es tan simple. Es como el mar que sigue, y sigue… Todo es mentira y es triste. Simple, simple, tan simple…
Gigi, mi querido Gigi, todo es tan distinto sin ti… Peumayen está vacía y parece que nadie se da cuenta, pero yo sé que de este puerto no zarparán más barcos; tú te fuiste en el último y no me esperaste, te fuiste aquella tarde sin decirme nada, sin un “hasta luego”, sin un “adiós”. Te marchaste en el último barco y me dejaste aquí sola, sin nadie, sola con toda esa gente que no te echa de menos porque no te ha perdido, gente de la que no te has marchado. ¿Dónde estás, Gigi? ¿Por qué no vienes a buscarme? Me prometiste que me llevarías contigo, pero ya no quedan más barcos.
Esta tarde he salido a la calle, no llovía, pero el tiempo ya se llevó lo poco que quedaba de ti. Las farolas, el viento, las piedras maltratadas… ya nada huele a ti, ni siquiera aquella esquina del último “te lo prometo”, ni siquiera bajo tu ventana que ahora siempre está cerrada. La ciudad ya te olvidó, sigue su curso, pero yo sé que ya no pertenezco a ese mundo donde nadie te ha conocido. Todo gira a mi alrededor mientras yo me quedo quieta, y no comprendo cómo afuera la vida sigue su curso. Peumayen cree que sigue siendo la morada de los sueños, pero tú y yo sabemos que no es verdad, que de este puerto ya no partirá más magia, que los sueños se quedarán aquí para siempre y nunca cobrarán forma lejos de estas fronteras, de este mar que lo separa todo. Esta tarde me he preguntado cómo la gente puede vivir cuando te has ido, cómo pueden sonreír y tener un motivo por el que seguir andando. Yo sigo aquí, consternada, viendo como soy yo la única que no tiene sentido; sigo aquí, en medio de la calle, buscándote, pero no estás. He pasado por los mismos sitios por los que pasé contigo, ahora no son del mismo color. He pisado nuestras viejas huellas y, quién sabe, quizás haya respirado el mismo aire que respiramos juntos hace tiempo. Voy caminando y, sin darme cuenta, me llevo a los lugares que compartimos, todo me recuerda a ti, todo me duele, no sé por qué, Gigi, no sé por qué tengo que hacerme tanto daño.
Todavía recuerdo el día en que te conocí, ese 13 ó 14 de abril que espero olvidar pronto. Llegaste con aquella mezcla dulce y amarga que yo creí que me lastimaba, pero por aquel entonces no sabía lo que era eso. Recuerdo ese día como recuerdo tu promesa, con odio, con rabia, con dolor, con nostalgia, con la maldita esperanza que no soy capaz de asesinar. Pero no me acuerdo de lo que había antes de ese día, de lo que llenaba este vacío. Mi querido Gigi, ya nada es lo que era, ni siquiera yo.
Ya es de noche, miro al mar, pero no regresas. Tu ausencia me duele y no aguanto, Gigi, no puedo más. La vida está vacía y no vienes a buscarme, nunca te perdonaré. ¿Por qué? ¿Por qué te has marchado? ¿Por qué no me llevaste contigo? Te odio, te odio, te odiaré siempre… Te odio y el mar está oscuro, no hay estrellas, no hay nada. El agua esta fría y me duele, pero no tanto como tú. Atrás quedan las luces de Peumayen, ella tampoco te perdona por haberte llevado la magia. Me sumerjo… Todo está oscuro y frío pero hay algo, hay algo en el fondo. Gigi, cariño, son los restos de tu barco.
No siento el agua fría, sólo la soledad en la que me dejaste, sólo siento el daño, tu daño. Quise ir a buscarte, Gigi, y ahí está tu barco, el último barco que zarpó de este puerto; no llegó muy lejos… Se hundió con los últimos sueños, con el último viento que respiramos, con la última luz que nos iluminó el camino, con el último suspiro que compartimos, con la última mirada que recuerdo, con el último “te lo prometo”, contigo… La madera tierna reposa ahora en el fondo de este mar tan frío que ya no siento. Ahí, entre los escombros, debe de estar tu cuerpo abatido con la sonrisa de aquel día, llena de paz. Te odio, Gigi, y me alegro tanto de que el destino no te haya dejado marchar, de que te matase por ello, me alegro casi tanto como de que sea yo la que ahora echa a volar… Peumayen nos obligó a quedarnos, tú lo sabías, y ahora estamos aquí, en esta agua fría donde no se cumplen los sueños. Nos mataste a los dos, Gigi, y no sé si agradecértelo o seguir odiándote por ello. Te odio, te odio, te odiaré siempre… “te lo prometo”.
La vida, desperfectos; los sueños, desperfectos; y la gente, también, desperfectos. Ya lo decía Quique González en su canción, son “lo más difícil de todo”.
No quiero conocer más personas que sólo miren hacia dentro, no quiero conocer más personas que sólo miren hacia afuera, tampoco más personas que hagan como que miran. No quiero volver a oír que es imposible, no quiero que vuelvan a mirarme como si estuviese loca, no quiero que la gente deje de sentir, ni de pensar, ni de latir. Sólo quiero ir por el camino difícil de los desperfectos, porque sé que al final encontraré los buenos tiempos.
Me lo enseñó la avenida, supongo… Me enseñó a mirar con otra mirada, a volver sobre mis pasos, a encontrar las cosas buenas que se esconden tras cada oscuridad, cada esquina; a no dejar huella, a contar los adoquines que van quedando atrás. La avenida me enseñó a ser impermeable, a ver la lluvia caer, a mojarme los zapatos y a sentir el frío en los pies. A andar, a doler… Me enseñó a escuchar con otra mirada, a secarme bajo el sol, a cantar mientras camino y me olvido de las caras de la gente, a apreciar el momento de después, a extrañar el momento de después, a olvidar, a llorar, a ser silencio, a ser estruendo, a dejarme caer. La avenida me enseñó a rabiar con otra mirada, a ahogarme, a salvarme, a hablar con la voz entrecortada, a llegar, a empujarme, a contar los adoquines que me quedan, a correr. Me enseñó a gritar, pero por dentro; a reír a carcajadas, pero de miedo; a asomarme en las alcantarillas, a resbalar, a ser el viento, a ser el llanto, a ser el humo podrido de la ciudad, a no haber horizonte, ni principio, ni regreso, ni forma de avanzar… La avenida me enseñó a tropezar con otra mirada, a chocarme con la gente, a enfadarme, a perdonar, a ser lo más oscuro de tu vientre, a pisar más fuerte, a pisar tan fuerte que no se oyen mis pisadas, a ser el segundero de un reloj, pero parado. Me enseñó a ser farola, mariposa, y arrepentimiento, a odiar un poco y querer menos, tal vez demasiado; a escoger entre un millón de venenos, a escribir mi nombre sin levantar el lápiz del papel, a andar, a doler, al momento de después…
Lo que ocurre a veces es que algunos genes no empiezan a manifestarse hasta alcanzar determinada edad. Este era un argumento de peso. Comienza con la desinapsis o separación de los dos cromosomas homólogos de cada bivalente. Pero, de alguna manera, le resultaba muy extraño. Fase oscura. El soñar se consideraba, entre ellas, casi un crimen. Rara vez tiene lugar la difusión transversal de una monocapa a otra, denominada “flip-flop”. Silencio absoluto y cien mil horas. Ya no tenía tiempo. Con Gigi Cicerone a los hombres grises les había resultado muy fácil. Pero se sentía totalmente protegida y no tenía miedo. Si los hombres supiesen lo que es la muerte ya no le tendrían miedo. ¡Dame esa flor! Y ya había desaparecido.
Yo, las personas que se fueron, las personas que vendrán, los valientes, los cobardes, los que esperan algo, los que no tienen esperanza, las hojas de los árboles, una tarde en el parque, un mar azul, los que odian, los que aman, los que tienen miedo… La única diferencia que existe es que algunos de ellos sí saben mirar hacia adentro y ver crecer esa flor, porque a ellos ya les han contado que es única e irrepetible.