Me lo enseñó la avenida, supongo… Me enseñó a mirar con otra mirada, a volver sobre mis pasos, a encontrar las cosas buenas que se esconden tras cada oscuridad, cada esquina; a no dejar huella, a contar los adoquines que van quedando atrás. La avenida me enseñó a ser impermeable, a ver la lluvia caer, a mojarme los zapatos y a sentir el frío en los pies. A andar, a doler… Me enseñó a escuchar con otra mirada, a secarme bajo el sol, a cantar mientras camino y me olvido de las caras de la gente, a apreciar el momento de después, a extrañar el momento de después, a olvidar, a llorar, a ser silencio, a ser estruendo, a dejarme caer. La avenida me enseñó a rabiar con otra mirada, a ahogarme, a salvarme, a hablar con la voz entrecortada, a llegar, a empujarme, a contar los adoquines que me quedan, a correr. Me enseñó a gritar, pero por dentro; a reír a carcajadas, pero de miedo; a asomarme en las alcantarillas, a resbalar, a ser el viento, a ser el llanto, a ser el humo podrido de la ciudad, a no haber horizonte, ni principio, ni regreso, ni forma de avanzar… La avenida me enseñó a tropezar con otra mirada, a chocarme con la gente, a enfadarme, a perdonar, a ser lo más oscuro de tu vientre, a pisar más fuerte, a pisar tan fuerte que no se oyen mis pisadas, a ser el segundero de un reloj, pero parado. Me enseñó a ser farola, mariposa, y arrepentimiento, a odiar un poco y querer menos, tal vez demasiado; a escoger entre un millón de venenos, a escribir mi nombre sin levantar el lápiz del papel, a andar, a doler, al momento de después…
Vuela...
mercredi 25 mars 2009
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